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On la Ciutat Canvia el seu Nom

L’any 1957 es publicaba l’obra de Francisco Candel “Donde la Ciudad Cambia Su Nombre”. En la seva obra, l’escriptor descrivia la crua realitat de les zones perifèriques del Barcelonès sud on havia crescut i viscut. Paco Candel és un dels escriptors més representatius de la literatura barcelonina. En homenatge al seu compromís amb els més febles que caracteritza la seva obra, reproduïm en aquestes pàgines alguns fragments d’una novel·la que considerem cabdal per entendre la vida quotidiana als suburbis de Barcelona durant el règim franquista.




“Estamos en unos barrios fabriles. Unos barrios que antaño fueron verdes, como otro valle literario, con campos y más campos, todo muy poético, y hoy han sido invadidos por fábricas, chimeneas y más chimeneas, llenándolo todo de polvillo negro, de detritus, de ríos de ácidos que han suplantado a los cristalinos de antes. Son unos barrios ricos y pobres al mismo tiempo, unos barrios que ofrecen el contraste disparatado. Los dueños de las industrias- o los gerentes y directores de las sociedades anónimas-, los orondos dueños- en literatura los burgueses siempre son orondos, en la realidad, también- son hombres honrados, honrados padres de familia que van de la fábrica a casa y de casa a la fábrica y los domingos a misa, ni más ni menos que cualquier trabajador. Pero ellos van en haigas y no se dan cuenta, no se percatan de que el mundo donde están enclavadas sus fábricas no es como el mundo donde están enclavadas sus casas- Diagonal, Sarriá, Gracia, San Gervasio, Bonanova, Pedralbes-.”

“El tío Serralto vino a Barcelona cuando la dictadura de Primo de Rivera, cuando tanta gente pedían para trabajar en la Exposición. Vino con su mujer y con tres hijos. Los otros cuatro los tuvo aquí. Fue de los primeros que inauguró las casas baratas, Grupo E. Aunós. Los hijos se hicieron mozos y la mujer, como si ya no la necesitaran, murió, de un ataque al corazón, estando gorda y hermosa y sin sufrir poco ni demasiado. ¡Ay, que la vida es así!

Los hijos- tres hembras y cuatro varones, no nos habíamos acordado de decirlo- casaron jóvenes y se desperdigaron por aquellos mismos barrios. Ninguno se fue a vivir a Barcelona, que así se denomina aquí el centro de la ciudad o en cuanto se llega a la Plaza España, igual que si viviéramos en la China, en la estratosfera, o poco menos. Ninguno fue a vivir a Barcelona, decíamos. Uno se fue a vivir a Cantunis o Casa Antúnez, otro a Port, otra a Plus Ultra o Pont dels Gossos, otra a la Colonia Santiveri, otro a la Colonia Bausili, otro a la Colonia Canti, y, el último que se casó, una chica, la pequeña, se quedó en las Casas Baratas. El tío Serralto se quedó a vivir con esta hija. Él trabajaba, en la construcción; le daba la semanada a la hija, la hija lo arreglaba y él estaba contento y feliz. Siempre hablaba de sus siete hijos con mucho orgullo, por lo trabajadores y honrados que habían sido, a pesar de vivir en aquél barrio de maleantes, decía: y de cómo los había hecho subir, procurando que no les faltara nada, a pesar de la pobreza. Estaba muy orgullos de sus siete hijos- ¡Ay, si vuestra madre viviera!- e incluso establecía símiles y parangones o mejor aún coincidencias o casualidades. Siete hijos tenía, siete, y siete eran los barrios de aquél distrito y cada uno de estos hijos había ido a parar a cada uno de estos barrios. ¡Je, je! ¡Ay, si vuestra madre viviera!

Ahora los barrios se han multiplicado, y otros, como la Colonia Canti, medio han desaparecido. Ahora hay dos o tres barrios más: las viviendas de la SEAT; los Bloques de la Policía, junto al Polvorín; los Bloques del pasaje Clos, detrás de la fácrica de la CAPA. El populacho ha bautizado a algunos de estos nuevos barrios. Les ha soplado una especie de musa cinematográfica y a los Bloques de la Policía, orientados hacia Poniente y encaramados en un desmonte, los llaman la Ciudad Desnuda. A otros bloques de paisanos, pegados a éstos, pintados de un color ocre vivo, la Ciudad Amarilla. A los que hay detrás de la CAPA, escondidos entre unos montículos, la Ciudad Oculta. A un grupo de barracas- ahora ya desaparecidas- que nacieron al principio del paseo de Puerto Franco, junto a la Gran Vía, pegadas a las casillas de Consumos, las llamaron Ciudad Fronteriza- ¡Dallas, pam, pam!, decían los más exaltados-. El tío Serralto no acabó de enterarse nunca de estos nuevos barrios. Para él fueron, continuaron siendo siete, como sus hijos. ¡Ay, si vuestra madre viviera!


Francisco Candel: Donde la Ciudad Cambia Su Nombre

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